Feminismo en el siglo XXI

emancipate-511621_1280Yo me declaro a mí mismo feminista. Feminista en el sentido tradicional de entender que el hombre y la mujer deben ser tratados iguales y tener las mismas oportunidades.

Esto, que así expresado suena tan sencillo y conciso, es en realidad una simplificación de un problema que resulta muchísimo más difícil de resolver. Y la principal dificultad no estriba únicamente en poner en marcha las medidas necesarias sino establecer, en principio, el propio problema que queremos resolver.

Nacen la mayor parte de las dificultades del hecho de que “ser tratados iguales” y “tener las mismas oportunidades” son completamente incompatibles. Hombres y mujeres no son iguales. Incluso aunque lo fuéramos en todo lo demás (cosa que yo no comparto), hay diferencias físicas que son insalvables. Las mujeres tienen (como norma general) menos fuerza física que los hombres (por eso son más comunes los casos de violencia por parte del hombre que de la mujer en la relación). Los hombres tienen además mayores niveles de testosterona lo que los hace más tendentes al comportamiento agresivo. Pero fundamentalmente las mujeres dan a luz, se quedan embarazadas y los hombres no.

Así pues, si tratásemos de igual forma a hombres y a mujeres, dejaríamos de cumplir la segunda premisa que es la de permitir la igualdad de oportunidades.

He defendido y defenderé que el ser humano, como individuo y por razones históricas y evolutivas (e independientemente del género) tiende a comportarse de forma gregaria. Primero el yo y la familia, después el grupo, el clan, los cercanos. Esto es un mecanismo de la evolución que ha permitido que el ser humano se desarrolle como especie y está intrinsecamente ligado a nosotros; es parte, como se suele decir, de la naturaleza humana.

Y cuando tratamos de examinar un problema que afecta los seres humanos me parece que es, no solo ingenuo, sino también contraproducente, ignorar por completo la realidad social y la realidad de la naturaleza humana actual y examinarlo sin tener en cuenta el contexto. Nuestra hoja de ruta desde lo que es hacia lo que debería ser debe pasar por alterar factores que podamos cambiar y no luchar contra aquello que no podemos alterar. Si nuestro plan implica que el sol empiece a salir por el oeste en lugar de por el este (o que mañana cambie la naturaleza humana) es mejor que cambiemos nuestro plan.

Así, independientemente de otros factores, en el ámbito del trabajo, no debe ser motivo de sorpresa que el empresario le produzca reparo contratar a una mujer frente a un hombre por la posibilidad de que se quede embarazada. Puede parecernos que desde el punto de vista ético no debería ser así, pero lo que nos parezca es, a fin de cuentas, irrelevante. El empresario es de esperar que busque su beneficio y el de su empresa (yo y mi familia, mi grupo, mi clan) y por tanto tome la decisión que cree que más le conviene.

No podemos esperar que el empresario actue basado en un ideal superior de equidad entre hombres y mujeres. Debemos esperar que tome el curso de acción que más le beneficie. Debemos saber que su tendencia será actuar así y legislar de forma que seguir su tendencia desemboque en un resultado justo. Es decir, no es labor del individuo cambiar la sociedad, sino labor de la sociedad, entendida como un ente suprapersonal, la que debe modelarse a si misma y educar al individuo, y es labor del individuo construir y contribuir a dicha sociedad. Es decir, la sociedad es la que cambia (educa) al individuo que a su vez conforma, en un ciclo, esa misma sociedad, produciendose un tipo de evolución distinta pero igualmente significativa.

Así, no se puede evitar que una mujer se quede embarazada ni que el empresario busque su beneficio, pero quizá se puede proveer de garantías adicionales al empresario de forma que, cuando vaya a contratar, no perciba que hay una opción que le convenga más. De esta forma no tratamos de igual forma a hombres y a mujeres, pero el resultado es igualdad de oportunidades.

Y me resulta de especial interés incidir en que igual trato no es lo mismo que igualdad de oportunidades, y que lo importante es lo segundo, no lo primero.

Uno de los problemas del feminismo, el machismo y la igualdad entre hombres y mujeres, es que es un espectro muy ámplio y se intenta incluir en el mismo saco conductas y situaciones que a día de hoy están asimiladas de forma distinta por la sociedad. Y uno de los mayores problemas que se dan consiste en que mucha gente del movimiento feminista asumen que están ellos en la posesión universal del juicio de valor sobre lo que es machista y no lo es, y la emisión de juicios de valor basados en dicho conocimiento universal.

Hay situaciones en las que dicha “verdad” está sujeta a un consenso mayoritario de la sociedad y por tanto podemos intuir que el debate ha sucedido y ha decidido. Así, la cuestión de si los hombres y mujeres deben tener el mismo sueldo, o si la mujer y el hombre deben repartir las tareas del hogar desde la igualdad (cada situación en su ámbito) está mayoritariamente aceptada por la sociedad y existe una respuesta común, un entendimiento común. El hecho de que decir “no” a dichas cuestiones sea “políticamente incorrecto” define la madurez de la discusión de esos temas. Es así mismo mayoritariamente aceptado y entendido que hombres y mujeres son, en términos generales, iguales a nivel intelectual. Estos son los debates sencillos.

Pero hay otros temas en los que la conversación social, la sociedad como ente hablando consigo misma y decidiendo, aún no ha llegado a una decisión clara. ¿Es machismo mirarle el escote a una mujer? Para mi no lo es. ¿Es una falta de educación y de respeto? Probablemente. Pero ¿es machista o sencillamente una falta de educación?.

Si a un hombre se le mira el culo, ¿sería discriminatorio? ¿y si se admiran unos abdominales? Quizá lo sea, quizá no. Para mi no lo es, para otra persona puede serlo. Es un debate que debe ocurrir y quizá no lleguemos a ninguna conclusión o quizá, como en otros casos, lleguemos a una conclusión, pero lo que no puede pasar es caer en la falacia de incluir determinadas cosas no debatidas y arrogarse la autoridad moral para dictaminar sentencia.

Y luego están los temas que son mucho más complejos y que tienen un impacto mucho más profundo. ¿Es válido discriminar a una mujer por criterios meramente físicos? Por ejemplo, a la hora de contratar bomberos o en trabajos donde haya una necesidad física determinada, ¿es justo que las mujeres no puedan competir de igual a igual con los hombres? ¿Estamos ante un caso de discriminación hacia la mujer (no hay igualdad de oportunidades) o de aplicación estricta de aplicar el mismo rasero a ambos (y por tanto tratar igual a hombres y mujeres aunque ello suponga distintas oportunidades)?. Si una marca hace una publicidad con mujeres ligeras de ropa y vende 10 veces más de lo normal, ¿estamos hablando de machismo en la sociedad o de aprovecharse comercialmente de una estrategia de probado resultado?

Así, al mezclar ambos debates, se invalidan. Muchos y muchas feministas se instalan en la comodidad de su juicio moral para indicar que si no consideras que mirarle el escote a una mujer es machista (por ejemplo), entonces es que, en el fondo, eres machista, aunque quizá tu no lo sepas, pobrecito. No hay espacio para el debate o los grises, es blanco o negro, nosotros o ellos y en el fondo, si no aceptas mi visión, es por machismo.

Y el problema es que el individuo, cuando se le usurpa el derecho a debatir y decidir, cuando se le pone masivamente en el dilema de “o aceptas nuestras premisas o estás en el bando equivocado”, se revuelve, como es lógico, y se retuerce ante la usurpación del derecho perdido, reclamando su derecho a debatir y discutir si algo es o no machista, y, por lo tanto, invalidando todo el debate, desde lo más genérico hasta lo más minusculo e insignificante. Dicho sentimiento de desagrado aumenta conforme nos alejamos de los temas que se consideran debatidos y aceptados y nos adentramos en aquellos que no lo han sido, corriendo en riesgo de que ese sentimiento de rechazo pase, por correlación, desde el rechazo a perder el derecho a debatir, hacia el feminismo que realiza esa usurpación, y por tanto identificando el feminismo como un ataque personal.

Por tanto, en la lucha contra el machismo (aunque ya hemos dicho que el machismo en si, es dificil de definir), tiene dos aspectos. De legislar, para garantizar igualdad de oportunidades e igualdad de trato siempre que sean compatibles (y cuando no, legislar entre ellas) y por el otro lado una labor de educación, mediante el debate, del mecanismo social modelandose así mismo.

Y de ambas partes la más importante es la segunda, pues aquellos a quienes educamos más tarde legislarán, o pedirán cuentas a los que legislan. Y es esta labor de eduación la que debe, por tanto, hacerse con cuidado. No imponiendo nuestras ideas sobre lo que es o no es machista, sino abriendo un debate moderado de forma que cada persona pueda llegar a la conclusión por si misma; porque de intentar imponer, nos encontraremos con la mayor de las resistencias, pero no contra el pensamiento o la idea en si, sino contra la supresión del derecho a reflexionar y a llegar cada uno a sus propias conclusiones, del derecho, a fin de cuentas, al pensamiento independiente.

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