El demonio de los mercados

Philippine-stock-market-boardLa crisis financiera que se desató en el 2008, además de todos los efectos puramente económicos a nivel mundial, ha tenido el efecto de hacer que la ciudadanía se interese por la economía y, una vez interesados, de demonizar el sector financiero a los ojos de un pueblo que lo observa con recelo e incomprensión.

Nace ese desafecto, en parte, de las acciones tomadas por la banca y los mercados durante la época de la burbuja. Los abusos, los enriquecimientos rápidos, la especulación, los productos financieros complejos y, en algunos casos, la estafa, la manipulación y la toma de riesgos excesivos. No ayuda tampoco la complejidad del sistema, los distintos productos, las posiciones en corto, los derivados…

En la otra parte, sin embargo, el desafecto se nutre de la demagogia y la presentación del mercado financiero como un ente maligno, normalmente bajo intereses particulares que buscan presentar un enemigo, resultando en la simplificación de la realidad y, en algunos casos, enfocando la rabia y la exigencia de responsabilidades en una dirección incorrecta.

Es fácil culpar a la banca y a los llamados mercados, y a Alemania si pasa por ahí, de todos nuestros problemas. La crisis es, a fin de cuentas, financiera en su origen y, por tanto, la búsqueda de un culpable encuentra rápidamente conductas y situaciones que censurar. Además, la banca es un objetivo fácil por su carácter indefinido. ¿Quien es la banca? No queda claro, alguien que no somos nosotros, un indefinido que no conviene definir porque con ello llegarían los matices, y con los matices se templa el odio que se pretende alimentar.

Es una conducta contrastada, que el ser humano tiende a actuar de forma egoísta cuando el beneficio propio es tangible e inmediato y el perjuicio intangible o a largo plazo. Es está una realidad tan absurda y kafkiana, como cierta; si dudan, contemplen la paradoja del tabaco, que, a sabiendas, intercambia el placer inmediato con el sufrimiento a futuro, a todos los efectos, hipoteca la salud del mañana por el placer de hoy.

No existe un grupo de oscuros señores en una oscura habitación cuyos oscuros designios oprimen a las clases medias. No existen esos poderes ocultos que traman la desestabilización de la economía para perjuicio del resto de humildes trabajadores. No. No se trata de complejas tramas contra la sociedad, se trata sencillamente de ambición, del deseo de tener más, de una falta de escrúpulos incluso… no hace falta inventarse conspiraciones, dese usted una vuelta por su vecindario y encontrará varios ejemplares.. y no descarte consultar el espejo.

Existe por encima de todo un empuje arrollador hacía la obtención de beneficios, organizado como una cadena que nosotros mismos impulsamos. El inversor que pone sus ahorros en una cuenta de inversión lo único que quiere es obtener algún interes. El banco, que aúna todos ellos y los convierte en inversiones diversificadas, tan solo desea obtener una mayor rentabilidad, para sus clientes y, mediante su propio beneficio, para sus accionistas. A mayor rentabilidad de la inversión, mayor dinero para los accionistas, mayor dinero para el ahorrador y mayores bonos para los empleados.

Es inútil pretender, por tanto, que el sistema financiero actúe de forma ética por si mismo porque, siempre, siempre, habrá quien no dude en relajar la ética para conseguir mayores beneficios, y al hacerlo, fuerce al resto de competidores a hacer lo mismo o, de lo contrario, incurrir en una clara desventaja. El sistema financiero no premia los comportamientos éticos, no puede, premia el beneficio y lo hace de forma muy directa y muy rápida. Es decir, produce beneficios tangibles inmediatos y, si acaso, la posibilidad de perjuicio intangible.

Por tanto, es labor de los distintos gobiernos regular los mercados para garantizar el correcto funcionamiento de los mismos, y que sus venturas o desventuras, queden siempre inscritos en un marco común que no sea capaz de salirse de los baremos legales y éticos establecidos.

Lo que ha fallado no es el sistema financiero, no es que los mercado financieros hayan pecado de exceso de ambición o de falta de autorregulación, porque en ningún momento deberíamos haber esperado que la tuvieran.

Lo que ha fallado estrepitosamente son los mecanismos de control y de gestión. Porque no olvidemos que, salvo algunos casos puntuales que no suponen la base de la crisis, los problemas que se han desatado han sido, todos, producto de acciones y operaciones perfectamente legales. Quizá no muy éticas en algunos casos, pero, desde luego, legales.

Y de la falta y fallo de dichos mecanismos de control (gobiernos, regulaciones, demasiada liberalización) se derivan injusticias actuales como el rescate bancario. Una medida que es, a todas luces, injusta para el ciudadano. Pero es que a veces lo injusto resulta preferible a lo justo, porque las consecuencias de dejar caer a los bancos serían mucho peores y en última instancia terminarían causando mayor injusticia.

El problema no es la injusticia de rescatar al sistema bancario, el problema es que la falta de férreos controles nos llevó a un punto en que esa era la mejor alternativa en un mundo de malas opciones. De nada sirve decir que “nadie lo previó”. Que los mejores mecanismos de control y economistas actuaran como lemmings al borde del precipicio, no hace sino resaltar la existencia del problema, no mitigarlo ni disculparlo.

El sistema financiero actúa movido por las motivaciones humanas, no es un ente externo, es producto de la ambición humana, del que tiene, buscando tener más, del que necesita inversión recibiendola para poder convertirla en una mayor cuantía y quedarse con una parte.

No entender las motivaciones del sistema financiero equivale a negar la propia naturaleza humana porque paradójicamente el sistema no funcionaría sin ellas, y sin él, se derrumbaría el flujo de capital necesario para el avance. Sin la ambición del inversor por aumentar (por rentabilizar) su capital, el otro extremo jamás recibiría esa necesaria inyección de capital para el desarrollo de la empresa, o para inversión pública del estado, o  para investigación y desarrollo.

Demonizar el sistema financiero como un todo puede dejarnos una sensación de superioridad moral pero no deja de ser completamente futil. Es como maldecir las inundaciones, puede ser liberador pero no deja de ser poco práctico. Más práctico será levantar diques, preparar planes de emergencia, poner sistemas de drenado.

Por tanto debemos pensar en el sistema financiero como una balanza. En un extremo encontramos la desregularización del sistema, propiciada por la propia idiosincracia del sistema financiero que persigue dicha desregularización como la forma de obtener mayores beneficios. En el otro los organismos supranacionales, los gobiernos nacionales y, sobre todo, organismos independientes y sin intereses económicos, regularizando sin ahogar dichos mercados y estableciendo normas de control y supervisión estrictas.

Y es fundamental el establecimiento de un delicado equilibrio entre ambas alternativas ya que cuando la balanza se inclina demasiado hacia la liberalización, como ha pasado, el resultado son burbujas financieras y crisis posteriores. Sin embargo, el exceso de regulación se traduce en el estancamiento económico y, finalmente, en el crecimiento de una corrupción establecida en la falta de oportunidades y de libre disposición del capital.

No podemos condenar al lobo por comportarse como un lobo, y es la naturaleza del sistema financiero ser implacable. Si podemos, sin embargo, evaluar al protector de las ovejas en la labor de su trabajo. ¿Quien es el verdadero culpable? ¿El lobo que se comió las ovejas o el guardián que permitió entrar al lobo?

Y antes de responder a la pregunta planteese el lector, honestamente: si le ofrecieran 10 millones de euros por vender un paquete de productos financieros a un inversor internacional… si supiera que ese paquete financiero vale menos que por lo que lo vende… ¿sería capaz de renunciar a esos 10 millones?

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